La novela de las 7: Capítulo 3

Nota de los autores: Lo que iba a ser un experimento de escritura derivó en una catarsis colectiva. Y al final, para qué crear historias si las tenemos entre nosotros.

Capítulo 3

Avenida Lincoln. Gente que va, gente que viene, y entre tanta gente Carina, y yo, en la mesa más apartada del bar, allá, al fondo, en un rincón lo suficientemente oscuro como para traer la noche a aquella tarde soleada que se empeñaba en seguirnos. Después de todo, era una «primera cita», y yo creo que siempre salen mejor si son a la luz de la luna; la penumbra tiene un algo que ahuyenta al miedo e invita al abrazo.

Pedí un whisky, el de siempre dije, como para hacer alarde de mi asiduidad al bar; ella se tomó su tiempo para elegir y optó por una bebida roja y espesa, supongo a base de frutillas, no apta para diabéticos. Sin mediar palabras, le propuse un brindis; ella aceptó con un trago largo, y se le formaron unos bigotes tiernos.

Comenzamos hablando de su estadía en Chicago. Me dijo que estaba de paseo con una amiga que justo ese día no se sentía del todo bien; yo fui egoísta y pensé en mi fortuna, o en el destino, o quizá en las casualidades. Me acuerdo que quise citar a Kundera, como para hacerme el intelectual, y con eso ella me dijo que era profesora de Filosofía, en Montevideo; al decirlo sus ojos se iluminaron, como si ese sitio que yo aún no conocía fuese el mejor del mundo. Al rato, me enteré que daba clases en un liceo y que vivía en un barrio que durante largo tiempo creí que era Palermo; después, con varias recorridas por sus calles encima, asumí que había sido una confusión: lo único cierto era que Carina bailaba en una comparsa.

Todo iba bien, hasta que de pronto, sin motivo alguno ―juro que mi desempeño venía siendo excelente; era curioso pero no tanto, divertido pero no payaso―, llegó el silencio más extraño de mi vida. Fue muy raro, porque tenía algo de incomodidad, pero a su vez era desafiante. Y yo sabía que intentar completarlo con frases vacías era lo peor, que en vez de responsabilizarme debía disfrutarlo, como lo hacía ella con sus ojos pícaros; Carina me estaba retando a hablar sin palabras y yo no sabía jugar ese juego.

Era tanto mi desconcierto que pedí permiso y salí corriendo al baño. Tenía que respirar, tenía que pensar cómo escapar de tanta intensidad. Me sentía Travolta en Pulp fiction, enfrentado al espejo del baño, sabiendo que allá afuera me esperaba la Uma Thurman uruguaya, y que en mi caso nada ni nadie me impedía tenerla conmigo. Así que decidí improvisar. Respiré hondo, junté coraje y, con decisión, salí del baño directo a la rockola del bar y puse Hotel California, al máximo volumen. Esperé unos segundos de espaldas a Carina y, luego de girar dos veces sobre mí mismo, avancé hacia la mesa, con pasos de gacela, refinados; acerqué mi cara a la suya, la miré con fiereza y, con ambas manos haciendo de micrófono, comencé a cantar. Ella lanzó una carcajada fulminante pero yo me mantuve firme, controlando el falsete. ¿Cómo no se iba a enamorar de mí después de eso? 

Adam, Adriana, Adriana, Carlos, Carolina, Felipe, Laura, Pablo 

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