La novela de las 7: Capítulo 4

Cuando le dije a mi amigo Eddie que en dos días me iba a Uruguay, quedó atónito. No podía entender que apenas seis meses después de conocer a Carina se me ocurriera hacer nueve mil kilómetros así como así, y no paraba de repetir que estaba loco, que era muy poco tiempo como para tomar una decisión tan importante; yo aseguré que lo del tiempo era relativo porque, a fin de cuentas, enamorarme me había llevado nada más que una noche.  

Me acuerdo que tenía cuatro horas de escala en Miami y, sentado frente a la puerta de entrada, se me ocurrió pensar que todos los que me rodeaban compartirían viaje conmigo, que en unas horas todos ellos recorrerían las mismas calles que yo; y por más que hiciéramos lo mismo, seguramente no nos veríamos nunca más. Seguramente ellos pasarían a ser siluetas invisibles entre la multitud. Con eso pensé en Carina y sentí miedo; tal vez mi delirio de Romeo era un absurdo.

Llegué en mayo del 2011, una tarde amarilla y seca, de sol tibio. Arrastraba mi valija por el aeropuerto, simulando calma, pero por dentro explotaba de ansiedad. Tanto es así que me tomé el taxi sin haber cambiado plata. El tachero no paraba de reírse y, con un inglés bastante fluido, me gastaba; hasta hoy recuerdo su cara. Él fue el que me recomendó el lugar para quedarme, y creo que acertó, porque sigo viviendo allí.

Viajamos hablando de fútbol ―más bien, él hablaba y yo movía la cabeza―, del mundial de Sudáfrica, de Peñarol, y yo no me animé a confesarle que allá no sabemos nada, que el fútbol es el americano y que existe, sobre todo, para ir a la tribuna a tomar cerveza.

Cuando llegamos, él apagó el taxi y entramos juntos al hostel (cada tanto, cuando atravieso el pasillo de entrada, pienso en aquel primer día, en que su construcción deteriorada pero elegante me hizo sentir confortable; eso y los ojos dulces de Ana, que de inmediato me aseguraron que estaba en buenas manos). Ana nos hizo cambio y el tachero se llevó los pesos que le correspondían; me dio un apretón de manos y me dijo: ¡Mucha suerte, loco! Y con eso pensé, ¿loco, yo?   

Adam, Adriana, Adriana, Carlos, Carolina, Felipe, Laura, Pablo

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