La novela de las 7: Capítulo 6

Montevideo no era el mejor lugar para alguien como yo, que llegaba preso de la ansiedad. La ciudad tenía un ritmo cansino, de siesta de verano, y sin hacer bulla, me fue atacando por todos los flancos; cuando quise acordar ya era uno más de los que disfrutaba las caminatas por la Rambla, a paso lento. 

En aquel tiempo bajaba a la altura de Ejido, a eso de las seis de la tarde, y caminaba por más de una hora, sin mayor interés que la contemplación. Cada tanto me cruzaba con una chica, y me quedaba mirándola, fijamente; sentía un extraño deseo de que me sorprendiera con aquella voz suave pero elocuente, diciendo soy Carina, y con ello hablar por horas sobre lo pequeño que es el mundo. Ahora que lo pienso, tuve suerte de no ligarme nunca un sopapo.

El 9 de Julio fue un día especial; era el día previo a mi cumpleaños, y yo me sentía un poco raro, ya que la celebración, más que un festejo, era como un bautismo. Tenía los sentimientos a flor de piel y no entendía por qué, si hasta entonces cumplir años no me importaba en absoluto, incluso me parecía aburrido. Me imagino que fue por eso que los chicos de la casa me invitaron a dar una vuelta. Ir a una concentración en la Plaza Independencia en reclamo por ciclo-vías no parecía un plan formidable, sin embargo eran tantos los ciclistas que debía esquivar en la Rambla que me pareció bien la medida; aparte, después de todo, me parecía buena la idea de formar parte de una movilización, de reclamar; tenía ganas de reclamarle algo a alguien y no sabía ni qué ni a quién.

No recuerdo bien cuánto tiempo estuvimos, pero de pronto se armó un lío entre un auto negro y un manifestante. El del auto estaba desacatado, tocaba bocina y gritaba como loco; yo, de curioso nomás, empecé a arrimarme, y allí, solo por unos segundos, vi en primer plano la cara de la chica que estaba de acompañante: era Carina.

Mi corazón quiso salirse del pecho, mientras mis ojos no daban crédito de que la estuviera viendo otra vez. A esa altura ya se había armado un tumulto grande y las personas me empujaban, me tapaban la visual, y yo me empecé a desesperar, y metí hombro, metí codazos ―me sentía nadando entre la gente―, y de pronto llegué a una zona más liberada, pero en ese instante el auto arrancó, derrapando, como muestra de que era él quien mandaba.

Ese loco del volante se llevaba a Carina, y yo tenía que hacer algo. Y la verdad es que en ese momento no lo pensé, agarré la bicicleta de uno que andaba con nosotros y arranqué a pedalear lo más rápido que pude, luchando con la flojera de mis piernas; estaba nervioso, agitado, pero, por suerte, la bajada de la calle me empujaba como por un tobogán. Hasta que un semáforo en rojo obligó al auto a frenar y, con ello, logré acercarme a no más de cinco metros. En ese instante comencé a gritar y a levantar una mano; la chica miró por el espejo lateral pero no hizo nada, parecía no reconocerme. 

Cuando el auto se puso en marcha yo ya no tenía de dónde sacar fuerzas, el aire frío me cortaba la garganta; y decidí abandonar. Quizá necesitaba, cuanto antes, sentarme en algún lado, para recordar a la Carina que en Chicago me había dado su calidez, y olvidar, de inmediato, esos ojos en el espejo del auto negro, los que me miraban con la frialdad del invierno más crudo.

Adam, Adriana, Adriana, Carolina, Felipe y Laura

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One comment

  1. Damián · abril 20, 2016

    “…tenía ganas de reclamarle algo a alguien y no sabía ni qué ni a quién.”
    El desasosiego de estos días bien retratado.

    Le gusta a 1 persona

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