La novela de las 7: Capítulo 8

Estuvimos en el bar de Eddie mucho tiempo, lo suficiente como para que mi mareo me exigiera aire fresco. Así que pagamos y salimos sin rumbo, pero conscientes de lo que queríamos. Las calles de mi ciudad parecían envueltas en magia y, por un momento, sentí que recorría Chicago por vez primera. 

Mis ganas de invitarla a mi casa bloqueaban parte de mi razonamiento, sin embargo la timidez era más fuerte; era un adolescente bobalicón. Entre bromas y preguntas, yo intentaba no alejarme demasiado de mi cuadra; creo que en un momento llegamos a dar una vuelta completa a la manzana. Y seguramente Carina se dio cuenta ya que, con la iniciativa que a mí me faltaba, me preguntó si vivía cerca. ¡Punto para la uruguaya!

Mi apartamento era bastante chico pero esa pequeñez lo hacía muy agradable. Me acuerdo que fui a la cocina a buscar cerveza y cuando volví Carina miraba mi colección de discos de la repisa. Quise preguntarle sobre sus gustos musicales, pero algo me dijo que no había ningún interés en su accionar, sino que su objetivo era evitar sentarse: su objetivo era no demorarla más. Y en ese momento me preguntó si aquella puerta era la de mi cuarto; yo asentí con la cabeza y con las cosquillas de la panza. ¡Punto para la uruguaya!

Por supuesto que en la mañana, al salir de casa, no me imaginaba esta película; mi habitación era un caos: ropa tirada, almohadas en el piso, la cama sin tender… Con sonrisa pícara, Carina hizo una montaña de ropa y, con una mano, tiró todo a un costado, esto no lo necesitamos me dijo y con eso pensé: me caso.

La noche se nos fue de las manos, y amaneció sin pedir permiso. Cuando entré en razón, Carina ya estaba pronta para irse al hotel, vas a lograr que mi amiga se enoje comentó y yo recién ahí recordé que en el mundo vivían más personas. Antes de abrirle la puerta la invité a volver a vernos de tarde, a las cinco en punto, en el mismo bar. Ella dudó, como quien se hace la difícil, pero enseguida dio el visto bueno.

Nos despedimos con un abrazo. Mientras el taxi arrancaba, yo hice una macacada con las manos, como si intentara apretar los botones de una videocasetera imaginaria, para que el tiempo pase más rápido; aunque seguramente no se entendió nada. Estaba tan contento que quise imaginarme a Carina dibujando un corazón en el vidrio del taxi, sin embargo apenas vi una sonrisa triste y una mano en señal de adiós. Volví sobre mis pasos con un nudo en el estómago; tenía que estar feliz, pero algo me lo impedía.

Adam, Adriana, Adriana, Carlos, Carolina, Felipe y Laura.

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