La novela de las 7: Capítulo 9

Yo no soy demasiado supersticioso, pero hay momentos donde la cosa no está para uno y todo sale mal. Así fue el día posterior a mi noche con Carina: el día en que, supuestamente, debíamos reencontrarnos.

Me desperté con el timbre del celular: me llamaban de la oficina. Quise gritar que estaba de licencia, que me dejaran dormir, sin embargo atendí con voz amable; del otro lado mi jefe, tosco y directo, preguntó si tenía prontos los papeles. En ese momento se me cayó el mundo. 

Me levanté de un salto y fui directo a mi escritorio; revisé cajones, carpetas, bolsos… En cuestión de segundos perdí el control y comencé a dar vuelta toda la casa: los papeles no estaban por ningún lado. Así que resolví vestirme y salir de apuro al trabajo, para volver a escribir las mismas palabras, para volver a pedir las mismas firmas.

Perdí el tren a la ida y a la vuelta ―incluso tuve que esperar más de veinte minutos por la firma de un abogado odioso, que hablaba por celular con su novia nueva―. Cada vez que miraba el reloj, la voz de Carina se me metía entre pensamientos, y era como un tic tac seductor, susurrado al oído, pero que su significado no era bueno ni seductor. Sin dudas, estaba con problemas de tiempo.

Al salir de la estación empezó a llover, muy fuerte. Esas tres cuadras hasta llegar a casa alcanzaron para dejarme completamente empapado; así que resolví ducharme. Sabía que esa decisión ponía en peligro mi llegada a tiempo, igual me arriesgué; cualquier cosa estaba Eddie en el bar para entretener a Carina.

Juro que hice todo rápido; no me demoré ni diez minutos. Pero Eddie no estaba en el bar y Carina tampoco. ¡Quería matarlo! Justo ese día se le ocurría al pelotudo de mi amigo abrir media hora más tarde. Igual, a medida que el tiempo achicaba mis chances de tener a Carina, el enojo se fue trocando por decepción.  

Cuando supe que Carina no vendría, decidí poner sobre la mesa las distintas alternativas: quizá ella había llegado en hora y al ver que el bar estaba cerrado, y que yo no aparecía, se fue, triste, convencida de que le había mentido; o tal vez tenía toda la intención de asistir pero algo raro, ya sea un accidente o problemas con la amiga, sumado a la lluvia, hicieron que no viniera; o, lo peor, que se hubiera arrepentido y optó por dejarme plantado.

Ahora, con el diario del lunes ―de un lunes cinco años después―, quizá asuma que fui bastante inocente, sin embargo, en ese momento, resolví que la opción pesimista no era posible. Si será así que, esa noche, luego de todo lo acontecido, fui a un concierto en el Lincoln Park, solo porque el día anterior ella me había dicho que probablemente iría. ¿Cómo se me ocurrió que podía encontrarla entre cinco mil personas? Bueno, un tiempo después la buscaba entre tres millones.

Quizá Ana tiene razón, y a veces el amor se aparece, juega con nosotros un rato y luego se oculta en el desencuentro.

Adam, Adriana, Adriana, Carolina, Felipe, Laura

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