La novela de las 7: Capítulo 12

Y acá me tienen, ¡de vuelta! Me da gracia esto de aparecerme en un tono alegre, siendo que hace dos semanas todo parecía un dramón. Pero bueno, quizá, tal como lo habíamos conversado en aquellas primeras reuniones, la vida de carne y hueso también nos da buenas historias, con giros impensados. Y hoy debo agradecerles, porque son parte responsable de que haya vuelto a ver a Carina.

Ese mismo miércoles, a las siete y poco, entré a la página a ver si subían algo. Por supuesto que no esperaba leer a Carina; tal vez ustedes le daban algún cierre a la historia, un final, yo qué sé. Pero de pronto ahí estaba, Carina, en el café, con intenciones de hacer contacto conmigo. Podrán imaginar lo que fue la espera desde ese momento hasta que, por fin, a eso de las once, ella llamó; me moría de la ansiedad, parecía un chiquilín. Ni hablar cuando sonó el celular y vi en la pantalla un número desconocido: mi mesura para poner la yema del dedo en el circulito verde y no mandarme ninguna macana fue increíble.

La llamada duró unos pocos minutos, en los que arreglamos encontrarnos el sábado, en la puerta de la Ciudadela. Que sea cerca de tu casa, así no te perdés, me dijo, gastándome, y yo largué la carcajada, un poco para festejarle el chiste pero sobre todo para liberar los nervios que, incluso, se me notaban en la voz. Todas nuestras dudas y preguntas las convertíamos en silencios incómodos, ninguno de los dos sabía cómo manejar la extrañeza de hablar con un otro cinco años más viejo; hasta que ella ―o yo, no recuerdo― tomó la sana decisión de cortar.     

Esos días previos al encuentro fueron raros. Llegué a formular en mi cabeza cien tópicos distintos de conversación, algunos súper livianos e intrascendentes y otros más comprometidos, que requerían sacar a luz nuestra vida reciente; igual, en todos los casos llegaba siempre a lo mismo: al porqué de su ausencia aquella vez en Chicago. Esa duda me mataba, esa duda era la piedra fundamental de mis futuras fortalezas o inseguridades, sin embargo, bien asesorado por Ana, resolví que no le iba a preguntar nada, porque ¡las mujeres hablan solas, si ella tiene algo para decirte te lo va a decir!

¡Hasta que llegó el día! Caí diez minutos antes de hora; Carina ya estaba en el lugar. La venía mirando desde lejos y a cada paso se me hacía más linda; hasta diría que crucé la esquina sin mirar. Iba con un montón de emociones juntas que, multiplicadas por el paso del tiempo, se volvían rampas empinadas; caminar la última cuadra fue como escalar una montaña.

Mi hola la tomó por sorpresa. Carina, apenas me vio, se tomó el pelo con ambas manos; el viento le daba de lleno y además lo tenía más corto que antes. Y enseguida me sonrió, y me miró como descubriéndome por primera vez, y lanzó un hola escritor.

Con ese saludo me fui de foco, perdí de vista mi estrategia, mis piernas temblaron y no pude evitar que se me escapara lo que tanto había prometido no decir: Me hubiese encantado que fueras aquel día.

Adam, Adriana, Adriana, Carolina, Felipe, Laura.

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