La novela de las 7: Capítulo 13

Apenas nos sentamos en la mesa del bar, mi cabeza se llenó de imágenes que creía olvidadas; pasaban como diapositivas frente a mis ojos, algunas hermosas, la mayoría no tanto. No solo recordé a aquella Carina, la de Chicago, sino que se me vino encima todo mi pasado, con Eddie como abanderado. Sentí una nostalgia rara, que no me permitía mirar hacia el exterior, incluso dudé si estos cinco años no habían sido más que la sala de espera de lo que ahora me enfrentaba; dudé si este rencuentro no terminaría siendo un error. Sin embargo, en ese instante levanté la vista y la sonrisa de Carina me lo borró todo; no había que tener miedo, porque estaba donde quería estar.

Al final, había una explicación bastante lógica para el plantón de hace cinco años atrás: Carina tenía novio. Por supuesto que no se lo pregunté así como así, ni loco me hubiese animado. Pero se notaba en el ambiente que había algo raro, que no nos permitía estar cómodos, y de alguna manera los dos sabíamos que era ese tema. Yo decía cosas bobas, dignas de una conversación de ascensor, y ella respondía con monosílabos, mientras, nerviosa, estrangulaba un rollito de papel que había hecho con una servilleta. Nada fluía, hasta que de pronto ella me miró a los ojos y resolvió explicarme todo. A partir de ahí nos liberamos, a partir de ahí pudimos ser más «nosotros».

Debo confesar que su explicación me gustó; la tomé con cierta simpatía. Porque bueno, es verdad, pobre el novio, pero al fin y al cabo ellos estaban mal desde hacía tiempo, y prácticamente enseguida del regreso de Carina se separaron. Sin embargo, en lo que respecta a mí, ahora, después de años, lograba descubrir que nada había sido mi culpa, y que aquella vez, por más que estuviera lindo como Brad Pitt, ella me igual hubiera dejado plantado.

Volviendo a nuestro encuentro, hablamos mucho. Yo definí mi presente como algo que disfrutaba, y que el cambio de país me había llevado a aprender que no tenía que lidiar con cosas que no me agradaban. Ella me contó de su trabajo, de dar clases, de su casa… nunca sacó el tema de hijos ni de pareja; igual, durante el tiempo que estuvimos juntos alguien la llamó. ¡No se imaginan cuánto me arrepentí esa noche de no haber sido más directo! Estuve ese día y los siguientes con semejante incertidumbre rondando en la cabeza, y todo por «temeroso».

Fue raro encontrarse así, después de cinco años. El tiempo nos cambia tanto y a su vez pasan tantas cosas, que jugar a que no pasó nada es inviable. Quizá por eso accedí a tener una reunión tranquila, «amistosa». Igual, al momento de irnos, cuando ella se disponía a saludarme previo a entrar al taxi, le robé un beso. Fue un beso tímido, delicado, de adolescente. En ese momento me acordé de Ana, que me había dicho que los reencuentros sirven para aclarar ideas, o todo sale mal y te olvidás de tu Carina utópica o, de lo contrario, ella revivirá en esta; te vas a dar cuenta porque todo tu cuerpo te dará las señales. Y tenía razón. Cuando llegué a casa Ana me miró sonriente y me dijo: Okey, chicaguito, ¿cuándo la vez nuevamente? No sé, ojalá sea pronto. 

Adam, Adriana, Adriana, Carolina, Felipe, Laura.

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