La novela de las 7: Capítulo 14

Cobardía. Esa es palabra define lo que sentí los días posteriores a nuestro encuentro. No lograba escribir un mensaje para ver cómo estaba, cómo había pasado esa noche en que nos volvimos a ver. ¿Y desde cuándo soy tímido? Estaba con el celular encima en todo momento, revisaba el whatsapp, su foto de perfil, su última hora de contacto… Escribía algo y lo borraba, escribía algo y lo borraba.

Esa misma noche, al llegar a casa, le pedí amistad en Facebook, por más de quedar como un desesperado ―Carina no demoró ni cinco minutos en aceptarme―. Le chusmeé todas las fotos y hasta me enojé con un barbudo que salía constantemente, abrazándola. Sus posts eran interesantes. Muchos tenían que ver con música, tipo bandas de rock, y había un par de reflexiones sobre la educación que les hubiera dado me gusta, sin embargo preferí no parecer un entrometido.

Ana intentaba tranquilizarme, y me aseguraba que Carina ya iba a escribir, si te buscó es por algo, no va a escaparse otra vez; vos tranquilo, y me cebaba un mate. Igual, todas esas noches me costaba dormir; me despertaba y miraba el celular, y otra vez a espiarle el whatsapp, y el Facebook.

Hasta que el lunes de tardecita recibí un mensaje; era Carina: Hola escritor, ¿querés venir mañana a cenar a casa? Esa noche, previendo que me costaría dormir, Ana puso un tilo al agua del mate. Ya me imaginaba una cena a luz de la vela, con una botella de buen vino y una comida caserita, hecha especialmente para mí… y bueno, muchas cosas más.

Llegué a lo de Carina diez minutos antes de la hora pautada; igual, para no parecer ansioso, esperé afuera sin tocar timbre. Era un apartamento coqueto, en la zona del Parque Rodó. Yo estaba muerto de nervios, temía que los bombones que llevaba fueran medio cursi, o demasiado formal ―pensé, incluso, en tirarlos al contenedor y entrar con las manos vacías―. Ese rato se me hizo eterno.

Y en el mismo momento en que apreté el botón del portero eléctrico, descubrí que estaba por adentrarme en su mundo, conocería su casa, sus gustos para decorarla, sus hábitos. Cada rincón iba a darme muchos datos nuevos de ella. La voz metálica de Carina surgió por el parlante y me indicó que subiera hasta su piso, el ocho. Con tranquilidad simulada, llegué a la puerta y golpeé, ella me abrió con una sonrisa. Estás hermosa, le dije, como siempre

Adam, Adriana, Adriana, Carolina, Felipe, Laura.

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