La novela de las 7: Capítulo 15

Prontos y en su casa, envueltos para regalo, los bombones y yo. Cinco años atrás había estado ella en mi apartamento y ahora yo estaba en el de ella; solo que Carina corría con una ventaja: mi visita era con aviso. Ella había tenido todo el tiempo del mundo para preparar la noche, para hacer el mejor surtido, para conseguir las mejores velas… Pero no. Todo el romanticismo que esperaba encontrarme estaba en cualquier otro lado menos en esa casa.

Carina, con el teléfono en la mano, sonrió y me saludó con un beso apurado. Con los ojos me señaló el sillón, se disculpó y, paso siguiente, entró a una habitación que parecía ser su cuarto; por supuesto, yo aproveché para ojear la casa. Tenía un estilo bohemio, con varias repisas no muy grandes, repletas de adornos de diversos países, y más allá una estantería que prácticamente ocupaba toda una pared, con discos y libros. Me acerqué, curioso, quería saber qué leía Carina, sin embargo lo primero que vi fue una foto de aquel barbudo de Facebook. Yo ya había visto esa foto, en la compu, pero ahora, enmarcada en el portarretrato, se me hacía un tipo bastante fachero. Quise pensar que él no estaba más en su vida y que Carina había olvidado sacar la foto, y de atrevido, como moviendo damas, hice un cambio mínimo que me permitía no ver al barba loca; de inmediato me sentí estúpido y volví todo al lugar.

El tiempo se me empezó a hacer eterno. Cada tanto, Carina levantaba la voz; me daba la impresión que discutía con alguien. Quizá por eso me puse a inspeccionar la cocina: estaba siendo un entrometido pero al lado de chusmear la conversación era el mal menor. La cocina también estaba muy ordenada. Sorpresivamente, no había olor a cena, ni siquiera había preámbulo alguno de ella, y la mezcla de ansiedad y nerviosismo fue tan grande que decidí abrir la heladera: oficialmente Carina no había cocinado nada. Lo primero que vi fue un pocillo con aceitunas y me dieron ganas de comer un par, sin embargo me arrepentí por el sabor que podía quedarme en la boca; encima, no había llevado chicles.

Volví al living y me senté en el amplio sillón, cómodo. Intentaba continuar con la búsqueda visual de cosas, sobre todo para no ponerme a pensar, porque, a decir verdad, invitarme a cenar y encerrarse a hablar por teléfono con alguien no era de muy buen gusto. ¡Por más que parezca un pendejo no lo soy, no pinto canas para esto!

Hasta que, por fin, Carina salió del cuarto. Me volvió a pedir disculpas y me dijo de encargar una pizza a la misma vez que sus dedos marcaban el teléfono. Alguien atendió y ella, de mala gana, pidió una muzzarella con jamón y aceitunas. Con toda la gente que odia las aceitunas, ¿pidió esa pizza sin consultarme si me gustaba? Me sentí esos emoticones donde el macaco abre los ojos de manera desorbitada. Por suerte amo las aceitunas.

Claramente, no fue la velada que me imaginé. Carina me acribilló a historias de su noviecito, que deja y sigue y no sabe si lo quiere o no lo quiere y que se portó mal y no sé qué otras cosas. Fue muy incómodo. Yo le hablé de mis novias también, aunque no fuera un tema que me importara realmente; hasta le tiré un par de consejos. Y apenas pude me fui. Cuando cruzaba la calle, un minuto antes de recibir la llamada que cambió por completo mi noche, se me pasó por la mente que tal vez había puesto demasiada ilusión en alguien que, quizá, no era tan especial.

Adam, Adriana, Adriana, Carolina, Felipe, Laura.

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One comment

  1. Fabio Descalzi · junio 29, 2016

    No me pregunten por qué, pero… leí el 15, después el 14, sigo hacia atrás… ¡cada vez me gusta más! Es como recorrer el pasado de alguien real, pero que uno no conocía tanto.

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