La novela de las 7: Capítulo 16

Como si fuera un chiste, un minuto después de salir de la cita más paupérrima de mi vida, me sonó el teléfono: era Soledad. ¿Se acuerdan? Aquella morocha, licenciada en letras, que creo que les hablé off the record en nuestros primeros encuentros… Bueno, la cuestión es que habíamos salido hace un tiempo, más sobre el principio de la novela. Y la verdad es que siempre había estado todo muy bien, las salidas eran divertidas y ella era genial, además de hermosa. Pero ta, justo arrancamos con este experimento raro, movilizador, y yo de a poco me fui alejando. Sin premeditarlo, Carina ocupaba cada día una parte más grande de mi cabeza. Por tanto, mi distancia, sumado a que en algunas salidas yo estuve medio raro, metido para adentro, hicieron que nuestro vínculo mutara hacia una amistad; Soledad venía al hostel, tomábamos mate, cada tanto veíamos una película… Me acuerdo que ella se hizo re amiga de Ana, y charlaban pila, de cualquier cosa; incluso, Ana quería que yo le diera bola a Soledad, me decía que ella me miraba con ojos de enamorada. Sin embargo, mis caprichos fueron más fuertes y lograron que los mensajes fueran cada vez más fríos y distantes; hasta que la vergüenza pudo más, o la pereza pudo más, y así el vínculo se murió. Hasta el martes.

Ese martes yo había salido de la casa de Carina bastante indignado. Entiendo que no es su culpa, entiendo que hay cosas que no se controlan, que pasan porque sí ―la propia Carina, unos días después, se encargó de explicarme por teléfono todo lo ocurrido―, pero bueno, me las ligué todas juntas. Al fin y al cabo, como siempre me dice Ana, si la cosa no fluye por algo será.

Y ahí sonó el teléfono, y mi plan, que era ir a la rambla para despejarme, cambió por completo al escuchar a Soledad, que me preguntaba en qué andaba. Tal vez, fruto de mi reciente fracaso amoroso, mi voz decidió por mí mismo ser un tipo seguro y resolutivo, a pesar de que eran las once de la noche, y a los cinco minutos ya estaba en un ómnibus, camino a la casa de Soledad.

En fin, hablar de esa noche, o de las noches posteriores, no viene al caso, ya que este espacio tenía un fin que hoy ya no tiene sentido; ya no estoy en edad de perseguir a nadie, y lo de Carina quedará como una linda historia sin el mejor final pero bueno, al menos la volví a ver, al menos me saqué la espina de la incertidumbre. Y, claro, también los conocí a ustedes, y hasta me arriesgué a esto medio raro de la escritura ―Soledad también leyó la novela, y me dice bastante seguido que mi espíritu romanticón la conquistó, y que fue eso lo que la llevó a volver a contactarme. De alguna manera yo era su Carina, solo que en este caso las cosas salieron bien―.

Obviamente, lo mío con Carina lo voy a guardar junto a mis mejores recuerdos, mezcla de locos y amorosos, pero bueno, no se dio. Ahora que tenga suerte con el barbudo, yo me voy a dedicar a Soledad.  

Adam, Adriana, Adriana, Carolina, Felipe, Laura.

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