La novela de las 7: Capítulo final

Es raro ponerle final a algo que está en plena construcción. Tal vez por eso es que prefiera dejar de lado las reflexiones y contar, únicamente, lo último de mis días con Carina, hasta el día de hoy: llevar el pasado al presente y ahí parar. O quizá sea que no me gustan las despedidas y que soy consciente de que extrañaré este espacio. Ojo, ella misma se encargó de darle, a todo esto, un cierre inesperado.

No podía evitar sentir cierta extrañeza ante la insistencia de Carina de ir a pasar un fin de semana a Villa Serrana. Es cierto que es un lugar súper romántico, precioso, pero ¿con este frío? Y ni siquiera le importaba ir en ómnibus y terminar caminando desde la ruta durante horas, hasta llegar a destino. Algo raro había, porque ni los pronósticos de lluvia servían para posponer el plan de pareja estable.

Por supuesto que no estaba dispuesto a viajar al tanteo, así que fui en busca de los ahorros de la casa de Chicago ―hacía tiempo que no tocaba ni un dólar― y alquilé un auto. Vaya uno a saber por qué me dio un ataque ostentoso y pedí un Volkswagen Beetle amarillo ―siempre quise subirme a uno de esos―. Cuando me aparecí por lo de Carina me puso cara rara, a ella le importan muy poco los autos, casi como a mí; igual, no demoró en subirse y pedirme que diera unas vueltas por el barrio.

Y allá arrancamos para Villa Serrana. La reserva de la cabaña había quedado en manos de Carina, así que yo solo tenía que seguir las instrucciones del GPS. Cada tanto, cuando sonaba alguna canción buena, yo subía el volumen y cantaba fuerte, pero enseguida Carina me callaba y me pedía, por favor, que escuchara bajito. Era claro que algo le pasaba y yo no tenía idea qué podía ser. Hasta llegué a hacer números, sacar cuentas; mirá si estaba embarazada. O peor, capaz estaba embarazada de otro.

Tal como lo decía el pronóstico, el clima no ayudó, por tanto paseamos poco. Igual, la cabaña estaba coqueta y tenía una estufa a leña a los pies de la cama; mejor imposible. Pero el tema era Carina, que a cada beso me respondía rara. No era distante, no era de poco cariño, era de preocupación, como si temiera perderme. Y el sábado, mientras tomábamos vino y hacíamos un trozo de carne a punta de llama, llegó el momento de la confesión.

Me voy a Hamburgo a hacer un posgrado, me dijo y a mí se me cayó el mundo. De un momento a otro ya no estaba en una cabaña de Villa Serrana, ya no estaba en un fin de semana romántico, sino que me sentía otra vez en Chicago, en el bar de Eddie, solo, esperando a alguien que no iba a venir. Tanto tiempo buscándola y ahora se me volvía a escapar.

La carne posiblemente iría a quemarse y a mí poco me importaba. Estaba nervioso y muerto de calor, y en este caso la estufa poco tenía que ver. Con delicadeza agarré la mano de Carina y la miré directo a los ojos, sin pensamientos; su mirada me devolvió cosas lindas. Y bueno, se me ocurrió decir, en una de esas llego a tiempo para la Oktoberfest.   
 

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One comment

  1. Fabio Descalzi · julio 27, 2016

    Oktoberfest? Ein Prosit der Gemütlichkeit! (versión acriollada: brindemos por el momento íntimo, jeje).
    Fuera de broma, es la letra de una canción para brindar con cerveza: https://www.youtube.com/watch?v=dX5QNZtQXX4
    Y me encantó ese final. En lo que me toca, una ida a Alemania fue el principio de todo lo que vino en este largo “ahora”.

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