La novela de las 7: Capítulo final

Es raro ponerle final a algo que está en plena construcción. Tal vez por eso es que prefiera dejar de lado las reflexiones y contar, únicamente, lo último de mis días con Carina, hasta el día de hoy: llevar el pasado al presente y ahí parar. O quizá sea que no me gustan las despedidas y que soy consciente de que extrañaré este espacio. Ojo, ella misma se encargó de darle, a todo esto, un cierre inesperado.

No podía evitar sentir cierta extrañeza ante la insistencia de Carina de ir a pasar un fin de semana a Villa Serrana. Es cierto que es un lugar súper romántico, precioso, pero ¿con este frío? Y ni siquiera le importaba ir en ómnibus y terminar caminando desde la ruta durante horas, hasta llegar a destino. Algo raro había, porque ni los pronósticos de lluvia servían para posponer el plan de pareja estable.

Por supuesto que no estaba dispuesto a viajar al tanteo, así que fui en busca de los ahorros de la casa de Chicago ―hacía tiempo que no tocaba ni un dólar― y alquilé un auto. Vaya uno a saber por qué me dio un ataque ostentoso y pedí un Volkswagen Beetle amarillo ―siempre quise subirme a uno de esos―. Cuando me aparecí por lo de Carina me puso cara rara, a ella le importan muy poco los autos, casi como a mí; igual, no demoró en subirse y pedirme que diera unas vueltas por el barrio.

Y allá arrancamos para Villa Serrana. La reserva de la cabaña había quedado en manos de Carina, así que yo solo tenía que seguir las instrucciones del GPS. Cada tanto, cuando sonaba alguna canción buena, yo subía el volumen y cantaba fuerte, pero enseguida Carina me callaba y me pedía, por favor, que escuchara bajito. Era claro que algo le pasaba y yo no tenía idea qué podía ser. Hasta llegué a hacer números, sacar cuentas; mirá si estaba embarazada. O peor, capaz estaba embarazada de otro.

Tal como lo decía el pronóstico, el clima no ayudó, por tanto paseamos poco. Igual, la cabaña estaba coqueta y tenía una estufa a leña a los pies de la cama; mejor imposible. Pero el tema era Carina, que a cada beso me respondía rara. No era distante, no era de poco cariño, era de preocupación, como si temiera perderme. Y el sábado, mientras tomábamos vino y hacíamos un trozo de carne a punta de llama, llegó el momento de la confesión.

Me voy a Hamburgo a hacer un posgrado, me dijo y a mí se me cayó el mundo. De un momento a otro ya no estaba en una cabaña de Villa Serrana, ya no estaba en un fin de semana romántico, sino que me sentía otra vez en Chicago, en el bar de Eddie, solo, esperando a alguien que no iba a venir. Tanto tiempo buscándola y ahora se me volvía a escapar.

La carne posiblemente iría a quemarse y a mí poco me importaba. Estaba nervioso y muerto de calor, y en este caso la estufa poco tenía que ver. Con delicadeza agarré la mano de Carina y la miré directo a los ojos, sin pensamientos; su mirada me devolvió cosas lindas. Y bueno, se me ocurrió decir, en una de esas llego a tiempo para la Oktoberfest.   
 

***

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La novela de las 7: Capítulo 18

Yo creo que siempre vi a La novela de las 7 como un producto, como una historia, por más que sea mi historia. Es cierto, por momentos estuve un tanto afectado al remover cosas del pasado, sin embargo cada semana yo venía preparado para contar algo; ordenaba en mi cabeza los acontecimientos, priorizaba algunas situaciones por sobre otras, intentaba ser un poco gracioso y, a su vez, un poco reflexivo… Todo eso hasta hoy, que me toca estar con Carina. Desde mi rencuentro con ella voy por la vida como un sonso; ya no me importa más nada, soy un enamorado al que todo le resbala. Por tanto, ahora vengo a reunirme sin plan; vengo con mi euforia a cuestas, y nada más.

Ojo, para ser sincero, tal vez tenga que ver con cierto sentimiento de vergüenza, por estar tan paloma ―así me dice Carina y a mí me encanta―. Porque, en verdad, todo lo que tengo para contar son lugares comunes, súper trillados, de telenovela; cada día me enfrento a una nueva situación de esas, y me fascina, y por un rato siento todo tan disfrutable e intenso que desconfío de mi premisa inicial ―ser un paloma―, y peleo conmigo mismo, será trillado pero nosotros lo hacemos distinto, porque somos mejores, por eso lo disfruto tanto, porque Carina y yo… y ahí cuestiono: ¿Carina y yo qué? Y ahí resuelvo: Listo, me he convertido en cursi, soy un osito repleto de capas y capas de miel y edulcorante.

¿Qué les voy a contar? En estas semanas que llevamos juntos hemos hecho de todo. Conversamos de nuestras vidas y amores; comprobamos que somos dos soñadores sin remedio cuando arreglamos el mundo en menos de una noche; y sobre todo paseamos, paseamos mucho. Cine, Rosedal, Botánico, museo Blanes; hasta vimos una obra de teatro en el castillo Pittamiglio. Y para todo Carina tiene algo que acotar. A veces la peleo, y le digo que ella se olvida que hace cinco años que estoy en Uruguay, que me saca de paseo como si fuera un extranjero de visita. Y ahí ella se burla de mi acento. ¡Me encanta esa mujer! Pensar que en un momento la creí perdida, y ahora es mía.

Justo, la otra vez le contaba un poco a Eddie, por Spype, y no lo podía creer. De pronto me descubro ansioso, porque en un rato nos vamos a juntar para ir de compras, o porque a Carina se le ocurre invitarme a ir a tomar mate al Prado. Es increíble, yo nunca fui así; siempre había sido Eddie el romanticón, y yo me reía en su cara. Ahora me toca bancarme las gastadas.    

Todo va muy bien; prácticamente estamos conviviendo. Desde que me quedé a dormir en su casa la noche de la segunda cena, casi no he vuelto al hostel ―salvo para saludar a Ana, y hacer la «presentación oficial» de Carina a los conocidos―. Tengo un espacio en el placar y todo; incluso, hace unos días, cuando ella salía para el liceo, con aires de distraída, me dijo que me había hecho una copia de sus llaves, que es más práctico. Para mí que le agarró el gustito a que le cocine todas las noches.

Adam, Adriana, Adriana, Carolina, Felipe, Laura.

La novela de las 7: Capítulo 17

Hay momentos en que un hombre debería callarse la boca, dejar guardadito el ego y actuar según los patrones del archiconocido lema ser un buen caballero. Sin embargo, con ustedes como excusa, voy a tener que contar toda la verdad (igual, no me voy a hacer el macho de América: pedí los permisos correspondientes).

La semana pasada, cuando dije que Soledad me había llamado, tal vez no fui del todo sincero. Y la cuestión es que todo fue una estrategia: ¡Carina picó! Si bien soledad existe, y somos muy buenos amigos, también es cierto que es gay, por lo que jamás tendríamos nada el uno con el otro. La verdad es que aquella noche fui yo quien llamó a mi amiga, para desahogarme un poco, para sacarme aquella bronca que me inundaba; una vez ya me había sentido burlado, pero dos veces era demasiado. Y Soledad, una genia, me dijo de vernos en un bar del centro, a pesar de que ya era tarde.

Soledad no estaba demasiado al tanto de todo esto de la novela, ni del paupérrimo rencuentro con Carina, así que tuve que explayarme; aparte, a ella le encantan los detalles. Y luego de un largo rato, y varias cervezas, se nos ocurrió la idea del amorío. El objetivo inicial era sanar un poco el orgullo de este «macho» herido, pero también estaba la loca idea de que Carina se sintiera un poco celosa y me buscara arrepentida. Era obvio que ella me iba a leer, nada más tenía que ser inteligente y dar justo en el clavo.

¡Ni se imaginan mi cara cuando, un par de días después, recibí el mensaje! A media tarde me suena el celular: obviamente era Carina. Perdón Adam…, arrancaba el mensaje, con el perdón resaltado en mayúsculas, espero estar a tiempo como para poder invitarte a cenar a casa; esta vez como corresponde. Voy a cocinar algo rico, a destapar una botella de vino, y después… quién sabe.

Casi infarto en el acto. Incluso, en ese mismo momento, tuve que mostrárselo a Ana porque no daba crédito. Por primera vez en todo este «culebrón venezolano» me tocaba ser el galán, el winner. Tenía ganas de abrazar y besar a todos los nuevos huéspedes que hacían fila para ingresar al hostel, estaba feliz.

Obviamente, mi respuesta hubiese sido algo así como sí, por supuesto, te amo… cenemos, vayamos al cine, casémonos, pero opté por ser recatado y preparar speech sobrio, con poco sabor, como para hacerme el interesante. Y antes siquiera de pensarlo, llegó un segundo mensaje, en el que Carina me contaba que había terminado con su novio.  

En fin, creo que me estoy excediendo un poco en los detalles. Probablemente hoy me ligue un rezongo. Porque sí, fui a cenar con Carina, y todo estuvo excelente, y nos volvimos a encontrar al otro día, y al otro; somos como unos bobos enamorados dispuestos a recorrer medio mundo en busca de un amor. Seguramente cuando suban el capítulo voy a estar con ella, y hasta quizá lo leamos juntos. Me parece que voy a llamar a Soledad, a ver si tiene una estrategia para que no se me arme la grande.  

Adam, Adriana, Adriana, Carolina, Felipe, Laura.

La novela de las 7: Capítulo 16

Como si fuera un chiste, un minuto después de salir de la cita más paupérrima de mi vida, me sonó el teléfono: era Soledad. ¿Se acuerdan? Aquella morocha, licenciada en letras, que creo que les hablé off the record en nuestros primeros encuentros… Bueno, la cuestión es que habíamos salido hace un tiempo, más sobre el principio de la novela. Y la verdad es que siempre había estado todo muy bien, las salidas eran divertidas y ella era genial, además de hermosa. Pero ta, justo arrancamos con este experimento raro, movilizador, y yo de a poco me fui alejando. Sin premeditarlo, Carina ocupaba cada día una parte más grande de mi cabeza. Por tanto, mi distancia, sumado a que en algunas salidas yo estuve medio raro, metido para adentro, hicieron que nuestro vínculo mutara hacia una amistad; Soledad venía al hostel, tomábamos mate, cada tanto veíamos una película… Me acuerdo que ella se hizo re amiga de Ana, y charlaban pila, de cualquier cosa; incluso, Ana quería que yo le diera bola a Soledad, me decía que ella me miraba con ojos de enamorada. Sin embargo, mis caprichos fueron más fuertes y lograron que los mensajes fueran cada vez más fríos y distantes; hasta que la vergüenza pudo más, o la pereza pudo más, y así el vínculo se murió. Hasta el martes.

Ese martes yo había salido de la casa de Carina bastante indignado. Entiendo que no es su culpa, entiendo que hay cosas que no se controlan, que pasan porque sí ―la propia Carina, unos días después, se encargó de explicarme por teléfono todo lo ocurrido―, pero bueno, me las ligué todas juntas. Al fin y al cabo, como siempre me dice Ana, si la cosa no fluye por algo será.

Y ahí sonó el teléfono, y mi plan, que era ir a la rambla para despejarme, cambió por completo al escuchar a Soledad, que me preguntaba en qué andaba. Tal vez, fruto de mi reciente fracaso amoroso, mi voz decidió por mí mismo ser un tipo seguro y resolutivo, a pesar de que eran las once de la noche, y a los cinco minutos ya estaba en un ómnibus, camino a la casa de Soledad.

En fin, hablar de esa noche, o de las noches posteriores, no viene al caso, ya que este espacio tenía un fin que hoy ya no tiene sentido; ya no estoy en edad de perseguir a nadie, y lo de Carina quedará como una linda historia sin el mejor final pero bueno, al menos la volví a ver, al menos me saqué la espina de la incertidumbre. Y, claro, también los conocí a ustedes, y hasta me arriesgué a esto medio raro de la escritura ―Soledad también leyó la novela, y me dice bastante seguido que mi espíritu romanticón la conquistó, y que fue eso lo que la llevó a volver a contactarme. De alguna manera yo era su Carina, solo que en este caso las cosas salieron bien―.

Obviamente, lo mío con Carina lo voy a guardar junto a mis mejores recuerdos, mezcla de locos y amorosos, pero bueno, no se dio. Ahora que tenga suerte con el barbudo, yo me voy a dedicar a Soledad.  

Adam, Adriana, Adriana, Carolina, Felipe, Laura.

La novela de las 7: Capítulo 15

Prontos y en su casa, envueltos para regalo, los bombones y yo. Cinco años atrás había estado ella en mi apartamento y ahora yo estaba en el de ella; solo que Carina corría con una ventaja: mi visita era con aviso. Ella había tenido todo el tiempo del mundo para preparar la noche, para hacer el mejor surtido, para conseguir las mejores velas… Pero no. Todo el romanticismo que esperaba encontrarme estaba en cualquier otro lado menos en esa casa.

Carina, con el teléfono en la mano, sonrió y me saludó con un beso apurado. Con los ojos me señaló el sillón, se disculpó y, paso siguiente, entró a una habitación que parecía ser su cuarto; por supuesto, yo aproveché para ojear la casa. Tenía un estilo bohemio, con varias repisas no muy grandes, repletas de adornos de diversos países, y más allá una estantería que prácticamente ocupaba toda una pared, con discos y libros. Me acerqué, curioso, quería saber qué leía Carina, sin embargo lo primero que vi fue una foto de aquel barbudo de Facebook. Yo ya había visto esa foto, en la compu, pero ahora, enmarcada en el portarretrato, se me hacía un tipo bastante fachero. Quise pensar que él no estaba más en su vida y que Carina había olvidado sacar la foto, y de atrevido, como moviendo damas, hice un cambio mínimo que me permitía no ver al barba loca; de inmediato me sentí estúpido y volví todo al lugar.

El tiempo se me empezó a hacer eterno. Cada tanto, Carina levantaba la voz; me daba la impresión que discutía con alguien. Quizá por eso me puse a inspeccionar la cocina: estaba siendo un entrometido pero al lado de chusmear la conversación era el mal menor. La cocina también estaba muy ordenada. Sorpresivamente, no había olor a cena, ni siquiera había preámbulo alguno de ella, y la mezcla de ansiedad y nerviosismo fue tan grande que decidí abrir la heladera: oficialmente Carina no había cocinado nada. Lo primero que vi fue un pocillo con aceitunas y me dieron ganas de comer un par, sin embargo me arrepentí por el sabor que podía quedarme en la boca; encima, no había llevado chicles.

Volví al living y me senté en el amplio sillón, cómodo. Intentaba continuar con la búsqueda visual de cosas, sobre todo para no ponerme a pensar, porque, a decir verdad, invitarme a cenar y encerrarse a hablar por teléfono con alguien no era de muy buen gusto. ¡Por más que parezca un pendejo no lo soy, no pinto canas para esto!

Hasta que, por fin, Carina salió del cuarto. Me volvió a pedir disculpas y me dijo de encargar una pizza a la misma vez que sus dedos marcaban el teléfono. Alguien atendió y ella, de mala gana, pidió una muzzarella con jamón y aceitunas. Con toda la gente que odia las aceitunas, ¿pidió esa pizza sin consultarme si me gustaba? Me sentí esos emoticones donde el macaco abre los ojos de manera desorbitada. Por suerte amo las aceitunas.

Claramente, no fue la velada que me imaginé. Carina me acribilló a historias de su noviecito, que deja y sigue y no sabe si lo quiere o no lo quiere y que se portó mal y no sé qué otras cosas. Fue muy incómodo. Yo le hablé de mis novias también, aunque no fuera un tema que me importara realmente; hasta le tiré un par de consejos. Y apenas pude me fui. Cuando cruzaba la calle, un minuto antes de recibir la llamada que cambió por completo mi noche, se me pasó por la mente que tal vez había puesto demasiada ilusión en alguien que, quizá, no era tan especial.

Adam, Adriana, Adriana, Carolina, Felipe, Laura.

La novela de las 7: Capítulo 14

Cobardía. Esa es palabra define lo que sentí los días posteriores a nuestro encuentro. No lograba escribir un mensaje para ver cómo estaba, cómo había pasado esa noche en que nos volvimos a ver. ¿Y desde cuándo soy tímido? Estaba con el celular encima en todo momento, revisaba el whatsapp, su foto de perfil, su última hora de contacto… Escribía algo y lo borraba, escribía algo y lo borraba.

Esa misma noche, al llegar a casa, le pedí amistad en Facebook, por más de quedar como un desesperado ―Carina no demoró ni cinco minutos en aceptarme―. Le chusmeé todas las fotos y hasta me enojé con un barbudo que salía constantemente, abrazándola. Sus posts eran interesantes. Muchos tenían que ver con música, tipo bandas de rock, y había un par de reflexiones sobre la educación que les hubiera dado me gusta, sin embargo preferí no parecer un entrometido.

Ana intentaba tranquilizarme, y me aseguraba que Carina ya iba a escribir, si te buscó es por algo, no va a escaparse otra vez; vos tranquilo, y me cebaba un mate. Igual, todas esas noches me costaba dormir; me despertaba y miraba el celular, y otra vez a espiarle el whatsapp, y el Facebook.

Hasta que el lunes de tardecita recibí un mensaje; era Carina: Hola escritor, ¿querés venir mañana a cenar a casa? Esa noche, previendo que me costaría dormir, Ana puso un tilo al agua del mate. Ya me imaginaba una cena a luz de la vela, con una botella de buen vino y una comida caserita, hecha especialmente para mí… y bueno, muchas cosas más.

Llegué a lo de Carina diez minutos antes de la hora pautada; igual, para no parecer ansioso, esperé afuera sin tocar timbre. Era un apartamento coqueto, en la zona del Parque Rodó. Yo estaba muerto de nervios, temía que los bombones que llevaba fueran medio cursi, o demasiado formal ―pensé, incluso, en tirarlos al contenedor y entrar con las manos vacías―. Ese rato se me hizo eterno.

Y en el mismo momento en que apreté el botón del portero eléctrico, descubrí que estaba por adentrarme en su mundo, conocería su casa, sus gustos para decorarla, sus hábitos. Cada rincón iba a darme muchos datos nuevos de ella. La voz metálica de Carina surgió por el parlante y me indicó que subiera hasta su piso, el ocho. Con tranquilidad simulada, llegué a la puerta y golpeé, ella me abrió con una sonrisa. Estás hermosa, le dije, como siempre

Adam, Adriana, Adriana, Carolina, Felipe, Laura.

La novela de las 7: Capítulo 13

Apenas nos sentamos en la mesa del bar, mi cabeza se llenó de imágenes que creía olvidadas; pasaban como diapositivas frente a mis ojos, algunas hermosas, la mayoría no tanto. No solo recordé a aquella Carina, la de Chicago, sino que se me vino encima todo mi pasado, con Eddie como abanderado. Sentí una nostalgia rara, que no me permitía mirar hacia el exterior, incluso dudé si estos cinco años no habían sido más que la sala de espera de lo que ahora me enfrentaba; dudé si este rencuentro no terminaría siendo un error. Sin embargo, en ese instante levanté la vista y la sonrisa de Carina me lo borró todo; no había que tener miedo, porque estaba donde quería estar.

Al final, había una explicación bastante lógica para el plantón de hace cinco años atrás: Carina tenía novio. Por supuesto que no se lo pregunté así como así, ni loco me hubiese animado. Pero se notaba en el ambiente que había algo raro, que no nos permitía estar cómodos, y de alguna manera los dos sabíamos que era ese tema. Yo decía cosas bobas, dignas de una conversación de ascensor, y ella respondía con monosílabos, mientras, nerviosa, estrangulaba un rollito de papel que había hecho con una servilleta. Nada fluía, hasta que de pronto ella me miró a los ojos y resolvió explicarme todo. A partir de ahí nos liberamos, a partir de ahí pudimos ser más «nosotros».

Debo confesar que su explicación me gustó; la tomé con cierta simpatía. Porque bueno, es verdad, pobre el novio, pero al fin y al cabo ellos estaban mal desde hacía tiempo, y prácticamente enseguida del regreso de Carina se separaron. Sin embargo, en lo que respecta a mí, ahora, después de años, lograba descubrir que nada había sido mi culpa, y que aquella vez, por más que estuviera lindo como Brad Pitt, ella me igual hubiera dejado plantado.

Volviendo a nuestro encuentro, hablamos mucho. Yo definí mi presente como algo que disfrutaba, y que el cambio de país me había llevado a aprender que no tenía que lidiar con cosas que no me agradaban. Ella me contó de su trabajo, de dar clases, de su casa… nunca sacó el tema de hijos ni de pareja; igual, durante el tiempo que estuvimos juntos alguien la llamó. ¡No se imaginan cuánto me arrepentí esa noche de no haber sido más directo! Estuve ese día y los siguientes con semejante incertidumbre rondando en la cabeza, y todo por «temeroso».

Fue raro encontrarse así, después de cinco años. El tiempo nos cambia tanto y a su vez pasan tantas cosas, que jugar a que no pasó nada es inviable. Quizá por eso accedí a tener una reunión tranquila, «amistosa». Igual, al momento de irnos, cuando ella se disponía a saludarme previo a entrar al taxi, le robé un beso. Fue un beso tímido, delicado, de adolescente. En ese momento me acordé de Ana, que me había dicho que los reencuentros sirven para aclarar ideas, o todo sale mal y te olvidás de tu Carina utópica o, de lo contrario, ella revivirá en esta; te vas a dar cuenta porque todo tu cuerpo te dará las señales. Y tenía razón. Cuando llegué a casa Ana me miró sonriente y me dijo: Okey, chicaguito, ¿cuándo la vez nuevamente? No sé, ojalá sea pronto. 

Adam, Adriana, Adriana, Carolina, Felipe, Laura.

Escritura a Deshoras: Corazones solitarios, por Ana Arjona

Dra. Giménez

Estoy sola. La tarde gris me inquieta. Tengo ya cincuenta años y me aburre esta lluvia. He pensado entonces, seriamente, en mandar este mensaje como botella al mar.

No entiendo ya a mi gata. Nuestra relación se ha vuelto sombría y despareja. Ella exige todo el tiempo. Siento que me aprieta; que no me deja a solas ni un momento. Como si mi vida sólo sucediese para atender sus preocupaciones. Cuando más necesito descansar ella decide que es hora de paseo, o de merienda o de mimos. Ya no quiero rascarle la panza. Me he encontrado pensando cosas horribles como echarla por la ventana, y me odio por eso. 

Pero más la odio a ella, cuando se va, silenciosa como una sombra, a gritar por los tejados alborotada y loca, dejándome en la desesperación de esperar hasta la madrugada su vuelta. 

Ayúdeme por favor a una solución, o creo que algo terrible sucederá finalmente.

La novela de las 7: Capítulo 12

Y acá me tienen, ¡de vuelta! Me da gracia esto de aparecerme en un tono alegre, siendo que hace dos semanas todo parecía un dramón. Pero bueno, quizá, tal como lo habíamos conversado en aquellas primeras reuniones, la vida de carne y hueso también nos da buenas historias, con giros impensados. Y hoy debo agradecerles, porque son parte responsable de que haya vuelto a ver a Carina.

Ese mismo miércoles, a las siete y poco, entré a la página a ver si subían algo. Por supuesto que no esperaba leer a Carina; tal vez ustedes le daban algún cierre a la historia, un final, yo qué sé. Pero de pronto ahí estaba, Carina, en el café, con intenciones de hacer contacto conmigo. Podrán imaginar lo que fue la espera desde ese momento hasta que, por fin, a eso de las once, ella llamó; me moría de la ansiedad, parecía un chiquilín. Ni hablar cuando sonó el celular y vi en la pantalla un número desconocido: mi mesura para poner la yema del dedo en el circulito verde y no mandarme ninguna macana fue increíble.

La llamada duró unos pocos minutos, en los que arreglamos encontrarnos el sábado, en la puerta de la Ciudadela. Que sea cerca de tu casa, así no te perdés, me dijo, gastándome, y yo largué la carcajada, un poco para festejarle el chiste pero sobre todo para liberar los nervios que, incluso, se me notaban en la voz. Todas nuestras dudas y preguntas las convertíamos en silencios incómodos, ninguno de los dos sabía cómo manejar la extrañeza de hablar con un otro cinco años más viejo; hasta que ella ―o yo, no recuerdo― tomó la sana decisión de cortar.     

Esos días previos al encuentro fueron raros. Llegué a formular en mi cabeza cien tópicos distintos de conversación, algunos súper livianos e intrascendentes y otros más comprometidos, que requerían sacar a luz nuestra vida reciente; igual, en todos los casos llegaba siempre a lo mismo: al porqué de su ausencia aquella vez en Chicago. Esa duda me mataba, esa duda era la piedra fundamental de mis futuras fortalezas o inseguridades, sin embargo, bien asesorado por Ana, resolví que no le iba a preguntar nada, porque ¡las mujeres hablan solas, si ella tiene algo para decirte te lo va a decir!

¡Hasta que llegó el día! Caí diez minutos antes de hora; Carina ya estaba en el lugar. La venía mirando desde lejos y a cada paso se me hacía más linda; hasta diría que crucé la esquina sin mirar. Iba con un montón de emociones juntas que, multiplicadas por el paso del tiempo, se volvían rampas empinadas; caminar la última cuadra fue como escalar una montaña.

Mi hola la tomó por sorpresa. Carina, apenas me vio, se tomó el pelo con ambas manos; el viento le daba de lleno y además lo tenía más corto que antes. Y enseguida me sonrió, y me miró como descubriéndome por primera vez, y lanzó un hola escritor.

Con ese saludo me fui de foco, perdí de vista mi estrategia, mis piernas temblaron y no pude evitar que se me escapara lo que tanto había prometido no decir: Me hubiese encantado que fueras aquel día.

Adam, Adriana, Adriana, Carolina, Felipe, Laura.

La novela de las 7: Capítulo 11

Hace tres o cuatro semanas ya, una amiga me llamó para contarme que en un café cultural unas personas se reunían para hablar y escribir sobre mí. Imagínense, no podía ser más que una locura, una broma sin sentido. Pero cuando fui a la página del Deshoras y los leí casi me muero: esa Carina era yo, Adam era aquel americano que conocí en mi viaje a Chicago y aquella era nuestra historia.  

Al principio me sentí enojada, ¿a quién se le ocurre hacer público algo tan privado? Sin embargo, después, a medida que leía y releía los capítulos, se me fue pasando. Imposible resistirse ante semejante acto de amor.

Cada estreno de capítulo lo vivía con una sensación rara en la panza. Incluso pensé varias veces en aparecerme sin avisar, y darle un buen susto a Adam. Pero las semanas fueron pasando y cuanto más lo pensaba más difícil se me hacía encarar un reencuentro. Porque, de cierta forma, yo no viví la historia tal cual la cuenta Adam, para mí las cosas no fueron como las leí en la web. Es cierto, no es claro dónde termina la versión de él y cuándo empieza ese juego de ficción que ustedes mismos incorporan; pero, al fin y al cabo, él se había venido y, a pesar del tiempo, se había puesto a contar lo nuestro. Me daba miedo lastimarlo.

Y cuando leí el último capítulo me sentí culpable; de algún modo, lo estaba dejando nuevamente. Fue en ese momento cuando me di cuenta de que tenía que contactarlos. Lo menos que podía hacer era acercarme y permitirnos tener esa conversación que quedó pendiente desde hace más de 5 años.

Soy consciente que quedé muy expuesta, y con mi aparición mucho más, pero por otro lado suena fantástico que luego de tanto tiempo y de esta manera tan peculiar tengamos la chance de volver a vernos. ¡Es algo muy romántico! Fíjense que ya me estaba acostumbrando a esperar los miércoles con cierta ilusión.

Adriana, Adriana, Carina, Carolina, Felipe, Laura.