Escritura a Deshoras: Corazones solitarios, por Ana Arjona

Dra. Giménez

Estoy sola. La tarde gris me inquieta. Tengo ya cincuenta años y me aburre esta lluvia. He pensado entonces, seriamente, en mandar este mensaje como botella al mar.

No entiendo ya a mi gata. Nuestra relación se ha vuelto sombría y despareja. Ella exige todo el tiempo. Siento que me aprieta; que no me deja a solas ni un momento. Como si mi vida sólo sucediese para atender sus preocupaciones. Cuando más necesito descansar ella decide que es hora de paseo, o de merienda o de mimos. Ya no quiero rascarle la panza. Me he encontrado pensando cosas horribles como echarla por la ventana, y me odio por eso. 

Pero más la odio a ella, cuando se va, silenciosa como una sombra, a gritar por los tejados alborotada y loca, dejándome en la desesperación de esperar hasta la madrugada su vuelta. 

Ayúdeme por favor a una solución, o creo que algo terrible sucederá finalmente.

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Escritura a Deshoras: Metamorfosis, por Ginebra

Cuando Juan se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un iPhone. Intentó moverse, pero lo máximo que logró fue prender y apagar su pantalla intermitentemente, como un faro enloquecido durante un cielo nuboso.

Tardó un buen rato en darse cuenta de lo que sucedía, de su nueva condición de hardware para hipsters, y sintió espanto de sí mismo, pena por tan ruinoso destino de aparatejo de moda. Pero se esforzó en mantener el ánimo en alto; la ayuda debía estar en camino, alguna ayuda. Juntó todos sus recursos y de a poco empezó a poder controlar la luz de su pantalla…

…uno-lento- uno-lento- uno-lento- un-dos- tres-rápido- uno-lento- uno-lento- uno-lento…

El SOS surcaba el universo, llegaba a cada rincón, inundaba el aire de fotones… Pero no había respuesta alguna. Juan pretendió incorporarse: no sabía cómo. Confinado a esa caja delgada con pantalla de vidrio, horizontal, boca arriba ¿hasta cuándo? hasta qué?

Aburrido, decidió abrir YouTube mientras esperaba la ayuda. Un video viral de un precioso gatito llenaba los canales y se multiplicaba, haciéndole cosquillas. Era tan tierno… Lo vería otra vez. Ahora quizás abriera Facebook, o Twitter, o Quora, Instagram, Pinterest, Medium, Snapchat, Periscope, Vine, mientras llegaba la ayuda, la ayuda en camino. No se estaba tan mal siendo un iPhone, después de todo. Había fotos de platos deliciosos, de modelos hot, de lugares exóticos. Google, Netflix, Spotify, y toda la eternidad por delante, en el peor de los casos. Juan se felicitaba por no haberse encontrado esa mañana convertido en una elemental cucaracha.

Escritura a Deshoras: Metamorfosis, por Pablo Quílez

Cuando Juan se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en Gregorio. Intentó resolver rápido la situación pero sus pensamientos se trancaban en gre gre…

Giró a la izquierda y de reojo vio el reloj, otra vez se había despertado diez minutos antes de que sonara la alarma. Eso lo fastidió, como siempre. Se sintió un insecto. Pero inmediatamente una certeza lo tranquilizó: eso le pasa a Juan.

Suspiró todo el aire que pudo y volvió a dormir. Placentera y profundamente, por el lapso de diez minutos.

Escritura a Deshoras: Pimienta y canela, por Ginebra

Busco más allá de los guisados y de los postres: debe haber algún registro que no nos lleve hasta allí. Algo que repose sobre la piel hirviendo, sobre el atardecer rojizo, sobre el olor de la madera. Una escala puntiaguda en la que no se nos permita descansar, sino que fuera obligatorio danzar hasta la medianoche, y ahí me enfrento con el sabor a cuchillos y cuero que promete la pimienta en grano, machacada. No, no, no es por ahí. Dolor de pies. Frente estrellada. Crujidos.

Una fotografía de sepia y ébano en la que no se recuerda nada, y ahí me pierdo en el olor a baúles y a fajos de cartas con cintitas que promete la canela en rama. No, no, tampoco es por ahí. Dulce medianoche. Arroz con leche. Azúcar en terrones.

No pienso cocinar hoy.

Escritura a Deshoras: Pimienta y Canela, por Raúl Speroni

El invierno acechaba afuera, inclemente, decidido, sin treguas.

Adentro ellos luchaban con su propio invierno, además, siempre, con el de afuera.

Él revolvía la olla mientras revolvía su mente cuestionándolo todo, los ingredientes, la mezcla, el sabor y el después. En la olla y en su vida.

Ella tomaba un té humeante tirada en un sillón, no lo miraba a él, pero tampoco miraba nada. El vapor y consecuentemente el aroma subían y se iban junto a los sentimientos y claro, la pasión.

Él esperaba lo mejor de un preparado en el que había invertido todo su esfuerzo pero que, de manera frustrante, ya no quería comer.

Ella no tenía hambre. Quizás nunca la había tenido y era solo la tibieza eventual para algunos inviernos inevitables lo que sus manos necesitaban.

Afuera el invierno acechaba y adentro la helada mataba todo.

Escritura a Deshoras: Corazones solitarios, por Ginebra

Carta de un lector

Apreciable Dra. Giménez:

Mi decisión de empuñar la pluma para enviarle esta misiva ha padecido de dubitaciones pendulares que incluso llegaron a interferir con mi otrora sano dormir.

Pero en el cenit de mis desvelos, me doy cuenta de que debo actuar y encontrar respuestas pronto, o quedaré en aislado naufragio asido al tronco cruel de mi destino en soledad.

Dra, no comprendo la naturaleza de las damas. Por más que me empeño en hablar el idioma misterioso que arrebolan sus enaguas, estoy condenado a padecer del mudo pasmo frente a los hechos que nublan nuestro masculino raciocinio. Es día y noche en entregado esfuerzo vano por atender sus deseos, cuando la dama en cuestión me desconcierta una vez más. Por eso, Dra. Giménez, es que hoy imperiosamente necesito preguntarle:

¿Qué quieren, por Dios, qué es lo que quieren las mujeres?

Suyo siempre

Gustavo de la Barca y Palomeque

***

Respuesta de la Dra. Giménez a dos lectores

a) (a Don Juan)

Estimado señor:

¿Ha probado buscar a su enamorada en Facebook?

Suya siempre

Dra. Giménez
 

b) (a Lorenita)

Estimada señora:

Esa gata merece un escarmiento. Sugiero que contacte al Centro de Protección a los Animales y solicite el divorcio.

Suya siempre

Dra. Giménez

Escritura a Deshoras: Corazones solitarios, por Raúl Speroni

Carta de un lector

Estimada Dra. Giménez,

Tengo casi cuarenta años y sigo buscando, todavía, a mi media naranja. Se dice que siempre hay un roto para un descosido, pero ¡qué trabajo da buscar! Uno tiene que fumarse cada conversación… es francamente insoportable.

Me han dicho que pretendo demasiado, y el espejo, cruel, está de acuerdo. Es que es inevitable terminar prefiriendo la decencia, el buen gusto y las tan poco frecuentes buenas costumbres ante la triste necesidad que viene de estar solo.

Doctora, siento que la vida se me va y no aparece nadie con quien envejecer.

Claro que no es todo negro, no tener que escuchar lamentos ni opiniones magras le da a mi vida una gran tranquilidad. La compañía de una copa de vino, un buen libro y por supuesto de Rufo, mi gato, son insustituibles y mucho más disfrutables que el ejercicio agotador de intentar descifrar, con las hormonas conspirando en contra, a otro ser que si bien podría ser fantástico en general no lo parece.

Doctora, ¿qué me pasa? Veo a los otros andar como flotando en una nube de tolerancia mutua, viviendo, amando, muriendo y yo acá, esperando, con Rufo, solos.

Suyo, Bernardo.

***

Respuesta de la Dra. Giménez a un lector

Estimado Don Juan,

No es fácil emitir consejo en tan complejo asunto, 30 años no es poca cosa.

Debería usted tener en cuenta, si me permite, que decidir acercarse a ella y revelarle tamañas verdades podría cambiar drásticamente su vida. Sus acciones podrían, por ejemplo, ponerlo a usted viviendo con el amor de su vida por el resto de sus días. Pero podría también, claro, arruinarlo todo y revelarle a usted que ella está con otro o, porque no, con otra o, por supuesto, muerta.

Tiene usted la opción, siempre, de dejar todo como está. Contentarse con sellar recuerdos o hipótesis maravillosas de un futuro que nunca será, envejecer y luego morir tranquilo, sin riesgos ni significado.

Busque en su corazón, allí está la respuesta.

Siempre suya, Gimenez.