Escritura a Deshoras: Metamorfosis, por Ginebra

Cuando Juan se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un iPhone. Intentó moverse, pero lo máximo que logró fue prender y apagar su pantalla intermitentemente, como un faro enloquecido durante un cielo nuboso.

Tardó un buen rato en darse cuenta de lo que sucedía, de su nueva condición de hardware para hipsters, y sintió espanto de sí mismo, pena por tan ruinoso destino de aparatejo de moda. Pero se esforzó en mantener el ánimo en alto; la ayuda debía estar en camino, alguna ayuda. Juntó todos sus recursos y de a poco empezó a poder controlar la luz de su pantalla…

…uno-lento- uno-lento- uno-lento- un-dos- tres-rápido- uno-lento- uno-lento- uno-lento…

El SOS surcaba el universo, llegaba a cada rincón, inundaba el aire de fotones… Pero no había respuesta alguna. Juan pretendió incorporarse: no sabía cómo. Confinado a esa caja delgada con pantalla de vidrio, horizontal, boca arriba ¿hasta cuándo? hasta qué?

Aburrido, decidió abrir YouTube mientras esperaba la ayuda. Un video viral de un precioso gatito llenaba los canales y se multiplicaba, haciéndole cosquillas. Era tan tierno… Lo vería otra vez. Ahora quizás abriera Facebook, o Twitter, o Quora, Instagram, Pinterest, Medium, Snapchat, Periscope, Vine, mientras llegaba la ayuda, la ayuda en camino. No se estaba tan mal siendo un iPhone, después de todo. Había fotos de platos deliciosos, de modelos hot, de lugares exóticos. Google, Netflix, Spotify, y toda la eternidad por delante, en el peor de los casos. Juan se felicitaba por no haberse encontrado esa mañana convertido en una elemental cucaracha.

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Escritura a Deshoras: Metamorfosis, por Pablo Quílez

Cuando Juan se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en Gregorio. Intentó resolver rápido la situación pero sus pensamientos se trancaban en gre gre…

Giró a la izquierda y de reojo vio el reloj, otra vez se había despertado diez minutos antes de que sonara la alarma. Eso lo fastidió, como siempre. Se sintió un insecto. Pero inmediatamente una certeza lo tranquilizó: eso le pasa a Juan.

Suspiró todo el aire que pudo y volvió a dormir. Placentera y profundamente, por el lapso de diez minutos.

Escritura a Deshoras: Pimienta y canela, por Ginebra

Busco más allá de los guisados y de los postres: debe haber algún registro que no nos lleve hasta allí. Algo que repose sobre la piel hirviendo, sobre el atardecer rojizo, sobre el olor de la madera. Una escala puntiaguda en la que no se nos permita descansar, sino que fuera obligatorio danzar hasta la medianoche, y ahí me enfrento con el sabor a cuchillos y cuero que promete la pimienta en grano, machacada. No, no, no es por ahí. Dolor de pies. Frente estrellada. Crujidos.

Una fotografía de sepia y ébano en la que no se recuerda nada, y ahí me pierdo en el olor a baúles y a fajos de cartas con cintitas que promete la canela en rama. No, no, tampoco es por ahí. Dulce medianoche. Arroz con leche. Azúcar en terrones.

No pienso cocinar hoy.

Escritura a Deshoras: Pimienta y Canela, por Raúl Speroni

El invierno acechaba afuera, inclemente, decidido, sin treguas.

Adentro ellos luchaban con su propio invierno, además, siempre, con el de afuera.

Él revolvía la olla mientras revolvía su mente cuestionándolo todo, los ingredientes, la mezcla, el sabor y el después. En la olla y en su vida.

Ella tomaba un té humeante tirada en un sillón, no lo miraba a él, pero tampoco miraba nada. El vapor y consecuentemente el aroma subían y se iban junto a los sentimientos y claro, la pasión.

Él esperaba lo mejor de un preparado en el que había invertido todo su esfuerzo pero que, de manera frustrante, ya no quería comer.

Ella no tenía hambre. Quizás nunca la había tenido y era solo la tibieza eventual para algunos inviernos inevitables lo que sus manos necesitaban.

Afuera el invierno acechaba y adentro la helada mataba todo.

Escritura a Deshoras: Corazones solitarios, por Ginebra

Carta de un lector

Apreciable Dra. Giménez:

Mi decisión de empuñar la pluma para enviarle esta misiva ha padecido de dubitaciones pendulares que incluso llegaron a interferir con mi otrora sano dormir.

Pero en el cenit de mis desvelos, me doy cuenta de que debo actuar y encontrar respuestas pronto, o quedaré en aislado naufragio asido al tronco cruel de mi destino en soledad.

Dra, no comprendo la naturaleza de las damas. Por más que me empeño en hablar el idioma misterioso que arrebolan sus enaguas, estoy condenado a padecer del mudo pasmo frente a los hechos que nublan nuestro masculino raciocinio. Es día y noche en entregado esfuerzo vano por atender sus deseos, cuando la dama en cuestión me desconcierta una vez más. Por eso, Dra. Giménez, es que hoy imperiosamente necesito preguntarle:

¿Qué quieren, por Dios, qué es lo que quieren las mujeres?

Suyo siempre

Gustavo de la Barca y Palomeque

***

Respuesta de la Dra. Giménez a dos lectores

a) (a Don Juan)

Estimado señor:

¿Ha probado buscar a su enamorada en Facebook?

Suya siempre

Dra. Giménez
 

b) (a Lorenita)

Estimada señora:

Esa gata merece un escarmiento. Sugiero que contacte al Centro de Protección a los Animales y solicite el divorcio.

Suya siempre

Dra. Giménez

Escritura a Deshoras: Corazones solitarios, por Raúl Speroni

Carta de un lector

Estimada Dra. Giménez,

Tengo casi cuarenta años y sigo buscando, todavía, a mi media naranja. Se dice que siempre hay un roto para un descosido, pero ¡qué trabajo da buscar! Uno tiene que fumarse cada conversación… es francamente insoportable.

Me han dicho que pretendo demasiado, y el espejo, cruel, está de acuerdo. Es que es inevitable terminar prefiriendo la decencia, el buen gusto y las tan poco frecuentes buenas costumbres ante la triste necesidad que viene de estar solo.

Doctora, siento que la vida se me va y no aparece nadie con quien envejecer.

Claro que no es todo negro, no tener que escuchar lamentos ni opiniones magras le da a mi vida una gran tranquilidad. La compañía de una copa de vino, un buen libro y por supuesto de Rufo, mi gato, son insustituibles y mucho más disfrutables que el ejercicio agotador de intentar descifrar, con las hormonas conspirando en contra, a otro ser que si bien podría ser fantástico en general no lo parece.

Doctora, ¿qué me pasa? Veo a los otros andar como flotando en una nube de tolerancia mutua, viviendo, amando, muriendo y yo acá, esperando, con Rufo, solos.

Suyo, Bernardo.

***

Respuesta de la Dra. Giménez a un lector

Estimado Don Juan,

No es fácil emitir consejo en tan complejo asunto, 30 años no es poca cosa.

Debería usted tener en cuenta, si me permite, que decidir acercarse a ella y revelarle tamañas verdades podría cambiar drásticamente su vida. Sus acciones podrían, por ejemplo, ponerlo a usted viviendo con el amor de su vida por el resto de sus días. Pero podría también, claro, arruinarlo todo y revelarle a usted que ella está con otro o, porque no, con otra o, por supuesto, muerta.

Tiene usted la opción, siempre, de dejar todo como está. Contentarse con sellar recuerdos o hipótesis maravillosas de un futuro que nunca será, envejecer y luego morir tranquilo, sin riesgos ni significado.

Busque en su corazón, allí está la respuesta.

Siempre suya, Gimenez.

La novela de las 7: Nota de los autores

Lo que iba a ser un experimento de escritura derivó en una catarsis colectiva. Y tal vez se nos fue la mano.

Adam no viene al café, no contesta nuestros llamados… Nos apropiamos de su historia y, sin quererlo, nos metimos en su vida. 

No nos queda otra que pedirle disculpas públicamente y, con ello, a los lectores. Nunca imaginamos que esto podía ir más allá de la ficción.

Ojalá volvamos a vernos; sin historias.

Adriana, Adriana, Carolina, Felipe, Laura.

La novela de las 7: Capítulo 10

Creo que contar mi historia no me hace bien. Al principio todo era un juego: había algo de actuación, algo creativo, como quien pinta un lienzo a partir de recuerdos; pero ya no es divertido. Llegar a casa y leerme me provoca sensaciones a destiempo. Hoy me pesa verme reflejado en ese personaje patético que dio vuelta al mundo basado en una ilusión equivocada, un iluso que imaginó un romance tan solo para salir de su tedio diario.

Si bien es cierto que cometí una locura, que corrí, como primerizo, atrás de una mujer que nunca encontré ni por casualidad en cinco años, también viví mi vida, también conocí gente entrañable y hasta fui feliz; soy feliz. En menos de un año ya estaba asentado por completo, tenía una vida llena de verdades, de realidad; las utopías y las conjeturas se fueron con Carina, con esos recuerdos que, cada vez más, se tornaban traslúcidos, insípidos.     

Entonces, ¿hasta cuándo vamos a seguir con las vueltas de aquel encuentro? ¿Hasta cuándo vamos a seguir alimentando una ilusión que no lleva a nada? ¿Cuándo pasaremos a la parte en que resolví dejar de buscarla? ¿Cuándo empezará el capítulo en donde yo reinicié mi vida, acá en Uruguay? ¿Cuándo voy a poder volver a sentir que mis recuerdos son, justamente eso, recuerdos?

Todos tenemos una gran historia para contar. Y con el paso del tiempo me he dado cuenta que la mía no es una del montón, sino que tiene algún condimento extra que la hace más atractiva. Por eso me han hecho contarla mil veces; por eso la conté acá. Pero, ¿hasta dónde seguir? Quizá, comienzo a ser rehén de deseos ajenos, de esos medio telenovelescos donde siempre triunfa el amor. Porque nunca imaginé que desde aquel lunes de marzo estaría pensando en Carina ya no como aquel recuerdo, sino como algo real y tangible, y por eso vuelvo a sentir una ausencia tan presente que me oprime. Es como si su recuerdo hubiese cobrado vida y me persiguiera como un fantasma.

Hasta ahora la autenticidad de mi relato ha sido el principal sostén de todo esto. Pero, ¿qué pasa ahora, cuando ya no hay más cuentito de amor? ¿Qué pasa ahora, cuando tendría que venir el giro fantástico que maquilla la realidad? La historia se escribe en papel pero el giro depende de Carina, la de carne y hueso, y ella no va a venir.

Pido disculpas, pero lamentablemente acá no hay un autor que, con su pluma, pueda escribir lo que queremos que ocurra. Acá está mi vida arriba de la mesa, y prefiero, de ahora en más, que se quede en casa.

Adam, Adriana, Adriana, Carolina, Felipe, Laura

La novela de las 7: Capítulo 9

Yo no soy demasiado supersticioso, pero hay momentos donde la cosa no está para uno y todo sale mal. Así fue el día posterior a mi noche con Carina: el día en que, supuestamente, debíamos reencontrarnos.

Me desperté con el timbre del celular: me llamaban de la oficina. Quise gritar que estaba de licencia, que me dejaran dormir, sin embargo atendí con voz amable; del otro lado mi jefe, tosco y directo, preguntó si tenía prontos los papeles. En ese momento se me cayó el mundo. 

Me levanté de un salto y fui directo a mi escritorio; revisé cajones, carpetas, bolsos… En cuestión de segundos perdí el control y comencé a dar vuelta toda la casa: los papeles no estaban por ningún lado. Así que resolví vestirme y salir de apuro al trabajo, para volver a escribir las mismas palabras, para volver a pedir las mismas firmas.

Perdí el tren a la ida y a la vuelta ―incluso tuve que esperar más de veinte minutos por la firma de un abogado odioso, que hablaba por celular con su novia nueva―. Cada vez que miraba el reloj, la voz de Carina se me metía entre pensamientos, y era como un tic tac seductor, susurrado al oído, pero que su significado no era bueno ni seductor. Sin dudas, estaba con problemas de tiempo.

Al salir de la estación empezó a llover, muy fuerte. Esas tres cuadras hasta llegar a casa alcanzaron para dejarme completamente empapado; así que resolví ducharme. Sabía que esa decisión ponía en peligro mi llegada a tiempo, igual me arriesgué; cualquier cosa estaba Eddie en el bar para entretener a Carina.

Juro que hice todo rápido; no me demoré ni diez minutos. Pero Eddie no estaba en el bar y Carina tampoco. ¡Quería matarlo! Justo ese día se le ocurría al pelotudo de mi amigo abrir media hora más tarde. Igual, a medida que el tiempo achicaba mis chances de tener a Carina, el enojo se fue trocando por decepción.  

Cuando supe que Carina no vendría, decidí poner sobre la mesa las distintas alternativas: quizá ella había llegado en hora y al ver que el bar estaba cerrado, y que yo no aparecía, se fue, triste, convencida de que le había mentido; o tal vez tenía toda la intención de asistir pero algo raro, ya sea un accidente o problemas con la amiga, sumado a la lluvia, hicieron que no viniera; o, lo peor, que se hubiera arrepentido y optó por dejarme plantado.

Ahora, con el diario del lunes ―de un lunes cinco años después―, quizá asuma que fui bastante inocente, sin embargo, en ese momento, resolví que la opción pesimista no era posible. Si será así que, esa noche, luego de todo lo acontecido, fui a un concierto en el Lincoln Park, solo porque el día anterior ella me había dicho que probablemente iría. ¿Cómo se me ocurrió que podía encontrarla entre cinco mil personas? Bueno, un tiempo después la buscaba entre tres millones.

Quizá Ana tiene razón, y a veces el amor se aparece, juega con nosotros un rato y luego se oculta en el desencuentro.

Adam, Adriana, Adriana, Carolina, Felipe, Laura

La novela de las 7: Capítulo 8

Estuvimos en el bar de Eddie mucho tiempo, lo suficiente como para que mi mareo me exigiera aire fresco. Así que pagamos y salimos sin rumbo, pero conscientes de lo que queríamos. Las calles de mi ciudad parecían envueltas en magia y, por un momento, sentí que recorría Chicago por vez primera. 

Mis ganas de invitarla a mi casa bloqueaban parte de mi razonamiento, sin embargo la timidez era más fuerte; era un adolescente bobalicón. Entre bromas y preguntas, yo intentaba no alejarme demasiado de mi cuadra; creo que en un momento llegamos a dar una vuelta completa a la manzana. Y seguramente Carina se dio cuenta ya que, con la iniciativa que a mí me faltaba, me preguntó si vivía cerca. ¡Punto para la uruguaya!

Mi apartamento era bastante chico pero esa pequeñez lo hacía muy agradable. Me acuerdo que fui a la cocina a buscar cerveza y cuando volví Carina miraba mi colección de discos de la repisa. Quise preguntarle sobre sus gustos musicales, pero algo me dijo que no había ningún interés en su accionar, sino que su objetivo era evitar sentarse: su objetivo era no demorarla más. Y en ese momento me preguntó si aquella puerta era la de mi cuarto; yo asentí con la cabeza y con las cosquillas de la panza. ¡Punto para la uruguaya!

Por supuesto que en la mañana, al salir de casa, no me imaginaba esta película; mi habitación era un caos: ropa tirada, almohadas en el piso, la cama sin tender… Con sonrisa pícara, Carina hizo una montaña de ropa y, con una mano, tiró todo a un costado, esto no lo necesitamos me dijo y con eso pensé: me caso.

La noche se nos fue de las manos, y amaneció sin pedir permiso. Cuando entré en razón, Carina ya estaba pronta para irse al hotel, vas a lograr que mi amiga se enoje comentó y yo recién ahí recordé que en el mundo vivían más personas. Antes de abrirle la puerta la invité a volver a vernos de tarde, a las cinco en punto, en el mismo bar. Ella dudó, como quien se hace la difícil, pero enseguida dio el visto bueno.

Nos despedimos con un abrazo. Mientras el taxi arrancaba, yo hice una macacada con las manos, como si intentara apretar los botones de una videocasetera imaginaria, para que el tiempo pase más rápido; aunque seguramente no se entendió nada. Estaba tan contento que quise imaginarme a Carina dibujando un corazón en el vidrio del taxi, sin embargo apenas vi una sonrisa triste y una mano en señal de adiós. Volví sobre mis pasos con un nudo en el estómago; tenía que estar feliz, pero algo me lo impedía.

Adam, Adriana, Adriana, Carlos, Carolina, Felipe y Laura.